miércoles, 24 de junio de 2015

Milagros para Milagros y el riesgo de Rocío

El Plan de Salud del Hospital Italiano de Buenos Aires tiene un modelo de atención que creamos hace más de 25 años. No fue un invento puesto que los pocos países del mundo que tienen sistemas de salud eficientes funcionan de la misma manera.

Cada paciente tiene un médico de cabecera y cada médico de cabecera tiene una población a su cargo.

Este médico de cabecera, lejos de ser “el viejo médico de familia que deriva a los especialistas” es un médico moderno, sofisticado, actualizado y con el cuchillo entre los dientes.

Moderno, sofisticado, actualizado y con el cuchillo entre los dientes quiere decir que está capacitado para diagnosticar la gran mayoría de las enfermedades que nos aquejan a los mortales y que está también capacitado para manejar esas enfermedades en la gran mayoría de sus instancias.

En la gran mayoría de las instancias quiere decir que puede empezar previniendo la enfermedad vascular, recomendando hábitos saludables, por ejemplo, pero también diagnosticar una enfermedad al corazón, establecer su riesgo, tratarla y cuando la complejidad del caso lo requiere consultar con especialistas que generalmente se dedican a un órgano o sistema y que están más familiarizados con los casos complejos.

Nuestra atención es más abarcativa y tiene en cuenta muchos otros factores de la vida de nuestros pacientes como otras enfermedades, su situación emocional y otros aspectos de su vida que no por ser menos discutidos dejan de ser importantes como la insatisfacción laboral, el divoricio, la viudez, o la muerte de un hijo, entre miles de cosas más.

Somos, diría, mucho más sofisticados pero sin duda, pasamos más desapercibidos.

Esta sofisticación implica en no pocos casos embarrarnos las botas y hasta salpicárnoslas de sangre a la hora de tratar un paciente o evitar que se lo trate; de estudiar un paciente o evitar que se lo estudie.

Va un ejemplo:

La arterioesclerosis es la enfermedad de las arterias que reduce su luz y en consecuencia afecta la irrigación de los tejidos. Cuando esa irrigación se afecta en forma crítica se produce lo que se llama un infarto, que no es otra cosa que la muerte de un tejido por falta de irrigación. Cuando el tejido es el del corazón (el músculo cardíaco o miocardio) esa muerte se llama infarto de miocardio; cuando el tejido es el cerebro, esa muerte se llama infarto cerebral.

Esa obstrucción de las arterias se produce por placas de colesterol, fragmentos de colesterol que se depositan en las paredes arteriales y las obstruyen a veces en forma lenta, a veces rompiéndose y provocando una obstrucción brusca y significativa.

El cigarrillo es probablemente el agente más aterogénico (que produce arterioesclerósis) de todos y de alguna manera reversible, puesto que dejando de fumar, el riesgo de padecer un infarto se reduce rápida y significativamente.

La presión arterial alta, el sexo masculino (es decir el haber nacido hombre), las dietas grasas, el sedentarismo y algunas enfermedades como la diabetes son otros factores que aumentan las probabilidades de obstruir las arterias y padecer un infarto.

La prevención de estas enfermedades es una de las acciones probablemente más exitosas de la medicina moderna. Con elementos y recomendaciones concretas, el médico (la medicina) podemos modificar en forma significativa el riesgo de un individuo de caer en el precipicio del infarto y la hemiplejía.

Siempre explico a mis pacientes lo que significa “modificar el riesgo”.

Modificar el riesgo significa atenuarlo pero de ninguna manera abolirlo. Por otra parte, para complicar más las cosas, la mayoría de los individuos que tienen colesterol alto, que son gordos, que fuman y que tienen la presión arterial alta (todo junto para exagerar) no van a tener un infarto del corazón ni del cerebro.

Suelo explicar este riesgo con el ejemplo de que si yo viajo dos veces por semana 400 km por las transitadas y homicidas rutas de la Provincia de Buenos Aires (como la 7 o la 8) y lo hago a exceso de velocidad, no respetando las normas y señales de tránsito, adelantándome en las curvas y con doble línea amarilla, sin colocarme el cinturón de seguridad y con una alcoholemia importante: lo más probable es que NO me muera en un accidente de auto.

Si, por el contrario, respeto la velocidad máxima, respeto las normas y señales, me adelanto solo en las zonas permitidas, nunca en las curvas ni con doble línea amarilla, uso el cinturón de seguridad y no tomo una gota de alcohol, no quiere decir que NO me voy a morir en un accidente de auto.

Pero si tomo un grupo de 1.000 personas que hacen lo primero (todo mal digamos) y otro de 1.000 personas que hacen lo segundo (todo bien digamos) y los sigo por un tiempo más o menos prolongado (digamos unos diez años), lo que voy a observar inexorablemente es que en la población que hizo las cosas mal, la mortalidad por accidentes de tránsito fue mucho mayor que en la población que hace las cosas bien.

Los número dirán que en esos diez años, se murieron 10 “niños buenos” (los que hacen todo bien) en accidentes de auto y 50 “enfant terribles” (los atorrantes) en accidentes de auto. La estadísticas dirán que la mortalidad de los diablitos es cuatro veces mayor en quienes se portan mal.

De manera que si me estoy portando mal y de un día para el otro empiezo a hacer letra buena sí o sí, voy a bajar el riesgo de morirme estrolado con el auto.

Cada intervención que se oriente a reducir esos factores disminuirá el riesgo. Así por ejemplo viajar en lugar de 400 km dos veces por semana, 200 km dos veces por semana, seguramente bajará el riesgo a la mitad. Manejar a la velocidad permitida, usar el cinturón, etcétera, cada uno de esos factores modificado positivamente, bajará el riesgo de morir en un accidente de autos.

Falacias frecuentemente escuchadas:

Mi suegro siempre fue un atorrante que manejaba a mil y borracho y vivió 85 años y se murió durmiendo: consejo implícito, portate mal que no te va a pasar nada.

Mi concuñado era un santo, jamás probó una gota de alcohol, vivió como un monje tibetano y se mató en la 14 en un accidente que para sacarlo del auto lo tuvieron que serruchar. Moraleja implícita: por más que seas un santo igual te vas a morir.

O peor aún: Un amigo mío era un degenerado que manejaba como los bomberos, chupaba como una esponja y no sabía lo que era el cinturón de seguridad. El suegro le regaló una semana en esas clínicas donde aprendés a hacer vida sana, te hacen masajes y lo más fuerte que tomás es agua mineral. Al año, el Papa Francisco era un desquiciado al lado de él y ¿Qué le pasó? Se dio la piña y se mató con el coche.

Probablemente el destino esté escrito y nadie se muera en la víspera como decía la gente en mi pueblo. Pero lamentablemente no tenemos acceso a la lista de los destinos y si queremos reducir el riesgo de morir tenemos que adoptar ciertas conductas que no nos van a garantizar la conjuración de todo el riesgo pero que sí, lo disminuirán significativamente.

Y ya que hablamos de estos “factores de riesgo” vale la pena aclarar que no es lo mismo tener un solo factor que tener todos los factores. Ni es lo mismo tener todos los factores por mucho tiempo que tenerlos por un rato.

No es lo mismo una mujer de 42 años, que solo tiene colesterol elevado pero que no fuma, hace actividad física, come casi vegetariano, tiene la presión normal que un hombre de 55 que fuma desde hace treinta años, es sedentario y obeso, desayuna con chorizo colorado y tiene 160 (16) 100 (10) de presión todo el tiempo.

La mujer de 42 probablemente tiene un riesgo de infarto similar al que tendría si su colesterol fuera normal y si siguiéramos 1.000 mujeres como ella por diez años no observaríamos diferencias en la cantidad de infartos y probablemente tendríamos que seguir a 10.000 por veinte años para ver que en las que tienen colesterol alto observemos tres infartos y en las que los que lo tienen normal observemos solo uno.

Los estadísticos y sobre todo, los que venden medicamentos para bajar el colesterol dirán que la mortalidad en el grupo con colesterol alto “triplicó” (3 en 10.000) a las del grupo con colesterol normal (1 en 10.000) y recomendarán por radio y televisión el uso masivo de drogas para bajar el colesterol. Ayudados, claro está, por los médicos farsantes de traje claro, corbatas de Hermes, tostados todo el año, que reciben plata por debajo de la mesa de la industria farmacéutica y no les temblará el pulso en recomendar que al agua potable hay que agregarle drogas para bajar el colesterol.

Esta intervención médica (aparentemente inocua) significa que a esas 10.000 mujeres con el colesterol alto y ningún otro factor de riesgo les tenga que dar drogas por 20 años para evitar dos muertes. Y ni los laboratorios ni el farsante de traje claro dirán que durante esos 20 años se la pasarán haciéndose exámenes de colesterol, que a raíz de los análisis les encontrarán otras cositas, que les estudiarán y tratarán esas cositas, que las drogas para el colesterol les podrán producir ciertas afecciones y que finalmente, en las inocentes “tratadas” la mortalidad a los veinte años será igual o mayor que en las no tratadas. Eso sí: “habrá dos infartos menos”.

Tratamos a 9.997 que no les habría pasado nada, para evitarles el infarto a 2. No bajamos la mortalidad del grupo porque se murieron por otras cosas que les provocamos y gastamos una carrada de plata en drogas, estudios, diagnósticos, tratamientos de complicaciones, consultas, tiempo y angustia.

Esa carrada de plata, podría destinarse a otras cosas que ¡Vaya si provocan bienestar y felicidad! como la leche, los libros, bajar el precio del gas a los pobres que lo usan de garrafa a expensas de los subsidiados como yo que solo nos enteramos que existe el gas el día que nos lo cortan porque nos olvidamos de pagar la factura de 40 pesos por bimestre.

Así opera este mundo salvaje. Y lo peor es que nos la creemos; que quienes tenemos acceso a los servicios de salud los sobreutilizamos, que los médicos los sobre-recomendamos que hacemos una religión de un colesterol de morondanga... que hacemos, como diría mi primo “de un pedo un huracán”.

Rocío tiene 60 años y parece que tuviera 50; Rocío no tiene nada; Rocío es paciente mía; Rocío dice que me lee; Rocío dice que me cree y por eso me viene a ver.

Sin embargo, el otro día, Rocío, mi feligresa, cayó a mi consulta diciéndome que “la médica del trabajo me dijo que me tenía que estudiar, me pidió los estudios, me mandó a un cardiólogo... y yo le tuve que hacer caso”,

Rocío está estresada; Rocío está estresada porque una banda de arquitectos, ingenieros y mercaderes del cemento salvajes, de esos que hacen fideicomisos y edificios berretas demoliendo todo los que se les cruza, hizo cabecera de playa en el terreno lindero a su casa de Palermo rúcula y a fuerza de ruido, polvo y espanto le demolieron la propiedad lindera y en su casa tiemblan los cuadros y se resquebrajan las paredes.

Rocío está estresada porque los bárbaros están por tomar su casa.

Yo también me estreso porque Rocío le cree más a la médica de su laburo que hace seguramente diez años que no agarra un artículo médico que a mí que me la paso con el cuchillo en mano entre las bayonetas de mis colegas intervencionistas y los cadalsos que me preparan mis pacientes para el día en que consideren que me equivoqué.

Si a Rocío le hubiera ordenado análisis de todo, ergometrías, radiografías, colesteroles buenos, colesteroles malos, colesteroles lindos y colesteroles feos y le hubiera dado una pastillita, Rocío no estaría deshojando la margarita conmigo (meestudia-nomeestudia- metrata-nometrata-meestudia-nomeestudia) y me recomendaría a sus coetáneas en sus clases de pilates. Sin embargo, siendo como soy Rocío me recomendará, aclarando que soy bueno “pero un poco especial” eufemismo equivalente a “loco de mierda pero que sabe”.

Hace unos días, un amigo cardiólogo me invitó a la inauguración de un espacio de arte en una ciudad sojera de la Provincia de Buenos Aires. Como parte de las celebraciones comimos un rico asado en un campo en el que había varios amigos, entre ellos, algunos médicos.

Algunos que me leen se vinieron a compartir mi mesa y a tirarme la lengua con lo que digo. Uno de ellos, como quien le mete un palito a una víbora en una lata me dijo que fue a una conocida fundación donde lo metieron en una máquina de hacer chorizos y le hicieron de todo. Entre ese “de todo” le hicieron un eco Doppler color arterial de las carótidas “para ver cómo estaba”.

Aclaro que el “ver cómo está” la pared de las carótidas solo tiene valor como estudio científico pero llevado a la práctica clínica es peor que darle a un mono una navaja y dos vasos de fernet” es decir que seguramente es mucho mayor el daño que provoca que el beneficio (recontramarginal) que puede aparejar.

Sabiendo que me estaban tirando la lengua y que como a Don Segundo Sombra, me estaban invitando a pelear, “tomé mi faconcito” (la palabra) y dije: “Hacer ese estudio a la población sana es lisa y llanamente un crimen de lesa humanidad”.

Un amigo mío, bastante ocurrente y simpático dijo mirando a un cardiólogo que estaba en la mesa “Son unos hijos de su madre”.

El cardiólogo se levantó y se fue. Pensé que era una broma, pero no lo era.

Luego me levanté yo y le dije que, obviamente, nuestro ánimo era más de jolgorio, que igualmente habríamos recibido un comentario sarcástico de su parte y que esperaba que no se hubiera enojado.

Estaba enojado y me aclaró que mi comentario “era para discutir en otros ámbitos y no ahí”.

Se enojó.

Mi respuesta:

Estoy convencido de “mis comentarios” y los puedo sostener en cualquier ámbito. En una asado, luego de un partido de fútbol, en la televisión, en el aula de ateneos del hospital o en el aula magna de la Academia Nacional de Medicina.

¿O los atorrantes que recomiendan inapropiadamente estudios a los cuatro vientos pueden hacerlo en la televisión, en la radio, en la peluquería y en el gimnasio y yo tengo que defender mis argumentos solo en voz baja y en claustros académicos con olor a cuero y pana?

Mis argumentos no son ideas propias ni “experiencia personal”. Mis argumentos tienen fundamento científico. Han sido, hasta el momento comprobados.

Nuestros pacientes pueden comunicarse con nosotros por varios medios. Mis pacientes tienen mi número de celular, mis horarios de atención, mi email, el número de teléfono de mi oficina y además, la posibilidad de dejarme mensajes en un portal de Internet.

Recién acabo de recibir un mensaje:

Mensaje en el Portal:

"Soy la hija de Milagros López. Mi mama esta haciendo un tratamiento por la artrosis de rodilla y el medico me comento que tiene alto el colesterol y que consulte con usted urgente. El medico es el Dr. Preventi."

Datos de laboratorio de Milagros:
Colesterol total 207 mg/dL
HDL colesterol: 42 mg/dL
LDL colesterol: 100 (tiene 300 de triglicéridos aproximadamente)

... y un dato no desperciable:

Milagros tiene 87 años...

La expectativa de vida de Milagros es negativa, es decir, Milagros está sobregirada, es decir superó la expectativa de vida de la población general.

Sin embargo el traumatólogo que solo se dedica a rodilla (por ahora a ambas rodillas) consideró una urgencia su colesterol, su hija consideró que era pertinenete pasarme un mensaje y si yo pudiera ser tan sarcástico como muchas veces me gustaría ser, le mandaría una ambulancia a Milagros, la enviaría a la Central de Emergencias y le haría bajar el colesterol en forma urgente...

Como decía Pepitito Marrone (los viejos se acuerdan y los jóvenes pueden buscarlo en YouTube): Cheeeeeeeeeeeeeeee




domingo, 12 de abril de 2015

El desamparo de Amparo

Amparo, mujer visiblemente de clase alta, llegó al mostrador de recepción del centro no menos visiblemente beligerante, con pocas pulgas, como se dice. Su frente contraída, sus anteojos oscuros y sonrisa cero, revelaban claramente promesa de “acá se arma”.

Amparo pidió ver un médico ya mismo.  Un médico de demanda espontánea, como se les llama a los médicos que hacen especies de guardias ambulatorias acá, en la Argentina,  en la que, cuando un nene de clase media para arriba tiene fiebre, va una ambulancia con un médico, con un chofer y con un enfermero a meterle el termómetro en el culito y recomendarle paracetamol y vaporcito.

El débil fusible, es decir, el recepcionista, viéndoselas venir, eligió la mejor forma de decirle “Señora, hoy no hay médico de demanda espontánea” a lo que Amparo respondió como quien tiene treinta y tres de mano: “A mí me tiene que ver un médico porque me caí y estoy muy asustada”.

Los años de ejercicio  me han dado bastante experiencia en la doma de Amparitos; también el ver, leer y escuchar por las radios a todos nuestros politiquejos que lo único que hacen es ejercicio de dialéctica barata en lugar de dedicarse a construir políticas de Estado y  pontifican “Pegar primero para ceder después”. Especie de especulación vernácula, seguramente enseñada por el Padre de todas las batallas.

Decidí, adoptar la estrategia politiqueril rioplatense metiéndome en la conversación entre la desamparada Amparo y el desamparado recepcionista, chicaneando a Amparo:

-Señora, acá a nueve cuadras está el centro de la calle Paraguay, allí podrá ver a un médico de demanda espontánea (Demanda Espantosa como solemos decir quienes atendemos los caprichos de beligerantes pacientes que no pueden pasar un día sin la crema humectante de marca tan conocida devenida en artículo de primera necesidad).

Aclaro que yo estaba con el uniforme de General, es decir, guardapolvo impecablemente blanco, estetoscopio al cuello, tarjeta identificatoria y sello en el bolsillo. A un administrativo se lo maltrata de entrada, a un médico mucho más tarde.

Amparo, dispuesta a aceptar el convite de declaración formal de guerra entre los derechos de la población, las lesiones graves, la mala praxis, el abandono de paciente dijo:

-Yo estoy muy asustada, me acabo de caer, me golpeé la cabeza, no sé si perdí el conocimiento y necesito que me vean acá y ahora.

Como esos cowboys de los rodeos yanquis que montan un novillo que corcovea furiosamente, me calcé los guantes amarillos, me puse el sombrero, me ajusté el pañuelo al cuello, me puse las botas tejanas, respiré hondo (no me persigné porque no soy creyente pero mal no me habría venido) y decidí hacerme cargo de la situación. Y no digo “montar a Amparo” porque va a ser pésimamente descontextualizada mi frase y me tildarán de bestia, sexista y, por supuesto, nazi.

-Yo voy a ver a la señora, sentencié para tremendo alivio del recepcionista y no tanto de Amparo quien temía enfrentarse con un medicucho vengativo que odia a los pacientes y por lo tanto, ya me odiaba y se preparaba a pelear conmigo.

Primero, claro está, los primeros auxilios. Aunque ya me había dado cuenta de que Amparo no tenía lesión alguna, ni en la cabeza, ni en las rodillas, ni en ninguna parte excepto el alma,  vino el “desnúdese Amparo”.

Pero no el desnúdese convencional y semiológico del sáquese la ropa sino el desnúdese metafísico del “Contame tu vida Amparo, contame qué carajo te está pasando y no me vengas con que tenés miedo a morirte por el porrazo de morondanga de hace un rato”.

Resulta que Amparo (75) vivió 20 años en Madrid con su amado marido médico que decidió morirse hace un año. Resulta que Amparo dejó sus veinte años y sus amigos en Madrid para venir a radicarse acá, en el barrio del Hospital de Clínicas, viviendo sola y sin amigos. Resulta que Amparo tiene tres hijos que viven por el conurbano y no le dan bola, porque no tienen tiempo y dos o tres veces por semana le dejan los nietos de pocos años y muchos bríos. Resulta que Amparo acá no tiene amigas, ni nada ni nadie.

-Amparo, el golpe no es nada, no tengas miedo. Sana, sana culito de rana si no sana hoy sanará mañana.

Pero tu tragedia Amparo se llama duelo, soledad y desarraigo. Y tengo malas noticias, no "salen" en las tomografías. 

Esos son los problemas que “vemos”  los médicos de familia, que aparte de dedicarnos a riñones, corazones y presiones “vemos” (percibimos lo que miramos) gente. Estos son los problemas que la insensatez y el mercado medicalizaron y llenaron de tomografías, resonancias, estudios de equilibrio, biopsias, ecografías, juicios de mala praxis, abandonos de pacientes y la recontrayasaben...

Porque si a Amparo le sacuden análisis, tomografías, fondos de ojo y varios especialistas, luego de comerse una amansadora de ocho, diez, por qué no, doce horas en una central de emergencias, saldrá con la convicción de que “me vieron bien, me hicieron de todo, ésos son médicos”. Pero su duelo, su soledad, su desarraigo y su des-Amparo seguirán. Porque estos son problemas que los médicos tenemos que ver, tenemos que desnudar y no podemos solucionar pero sí, ayudar a que los desamparados los identifiquen y al menos medio camino habremos recorrido.

En el mundo hay cientos de millones de desamparados a los que los medios y el mercado les hicieron creer que las tomografías lo ven todo y nos alargan la vida. Gente que no sabe que su divorcio, su desempleo, su trabajo desagradable o un jefe hijo de puta que les cobra a sus empleados los problemas de su vida son la causa de su dolor de cabeza, de su cansancio, de su caída de cabello, de su estreñimiento y del no poder levantarse a la mañana cuando, encima,  “a una amiga que estaba cansada le descubrieron problemas de tiroides y quizás yo tenga lo mismo”.

Entonces, el “mercado” terminó confrotando a los beligerantes Amparos con los hiperdefensivos médicos, que saben que con una buena TAC (tomografía axial computarizada) se sacan a Amparo de encima y conjuran el juicio de mala praxis.

Terminamos la consulta abrazados con Amparo, ella moqueando, enjugando lágrimas con su pañuelito y agradeciéndome "haberla escuchado". Yo, encantado de mi profesión y mi especialidad.

Tus ojos (Amparo) y mis ojos se cerrarán y el mundo seguirá  andando…

Y enciendan ya la radio y les apuesto a que no pasan treinta minutos sin que escuchen algún consejo médico o descubrimiento de alguna nueva propiedad de los brotes de soja, el aceite de pescado o los métodos de diagnóstico recontraprecoz.


sábado, 4 de abril de 2015

La hora de Oliverio

A Oliverio le duele la espalda, aparte de que se queja de  estar cansado. Todas las consultas terminan, luego de mis últimas palabras con la mirada de Oliverio esperando algo más, no creyendo que no pueda haber una solución.

Oliverio, como consecuencia de mi frustración y la de él, claro está, va a una traumatóloga.

Oliverio vuelve de la consulta con la traumatóloga a que yo le traduzca, le explique, le descifre, si vale la palabra, todas las cosas que en los pocos minutos de la consulta escribió la traumatóloga en cuatro recetarios diferentes:

En el primero: RPG x diez sesiones (diez sesiones de rehabilitación postural global).

En el segundo: Gimnasia médica x 10 sesiones.

En el tercero: FKT x 10 sesiones (diez sesiones de fisio-kinesio-terapia).

En el cuarto: natación, aquagym, yoga, tai-chi, pilates. Todos encerrados en una llave que termina apuntando “3 semanas”.

Varios colores (rojo, azul, violeta y verde imagino) van subiendo por mi cara a medida que veo los recetarios.

Oliverio hace varias consultas a las que desde hace un tiempo lo está acompañando su hija. Gente muy buena Oliverio y su hija; ambos incapaces de elevar siquiera la voz o quejarse airadamente. Entonces, los colores imaginados (rojo, azul, violeta y verde) que suben por mi cara, hacen de victimarios. Oliverio, y su hija ahora, son víctimas del “cada maestrito con su librito” como suele decir la gente ante las contradicciones que exhibimos y ante las que los exponemos los médicos.

La medicina prometió y promete de todo, hace creer diariamente por las radios, los diarios y la televisión que todo se puede prevenir.

¡Ah! Olvidé decirles que Oliverio tiene… 89 años. Sí, 89 años.

Los traumatólogos manejan muy bien el trauma y los problemas ortopédicos que son operables, quirúrgicos como decimos los médicos. Como las artrosis de cadera o de rodilla o las hernias de disco cuando se tienen que operar. Y al que le duele la espalda le hacen una radiografía, que en general no aporta nada, porque la semiología sirve en la mayoría de los casos para saber qué es lo que está pasando, y, casi invariablemente le indican 10 sesiones de fisio-kinesio-terapia.

Pero a la artrosis y a la vejez no las "cura" nadie. Nada hay para curarlas. No es cuestión de vitaminas, las inyecciones no son mejores que las pastillas, el cartílago de tiburón es una mentira, las propagandas de las radios son cazabobos de colegas inescrupulosos que solo pretenden robar algunas consultas y vender más espejitos de colores.

O, como en este caso, la colega, convencida de que lo que hace está bien y debe ser así, le sacude toda la batería de espejitos que hacen viajar a Oliverio por la India con el yoga, por la China con el tai chi y anfibiamente desde los pilates al aquagym.

La colega, irreflexivamente prescribe cosas que no sirven para nada, excepto para aumentar el riesgo de Oliverio que deberá pedir turnos y venir todos los días a que le pongan una plaquita caliente en la espalda o se la retuerzan orientalmente o lo sumerjan en una pileta llena de agua y de viejos esperanzados.

Oliverio deberá, en el mejor de los casos tomarse un taxi, bajar en calles con autos en doble fila, colectivos desbocados, ambulancias, taxis, motociclistas, baldosas flojas y soretes de perro. Luego de esperar una horita y diez minutos de la panacea salvadora de origen oriental, electromagnético o hídrico, deberá repetir el calvario para regresar a Villa Urquiza y volver a los cinco o seis días, así, hasta “completar el tratamiento”.

Todo, absolutamente todo, es una ridícula insensatez.

Insensatez que pretende unir el inconsciente deseo de eternidad por parte de los Oliverios y sus hijos y el “todolopodemos” de una medicina irreflexiva, berreta, mentirosa y de mala calidad.

No estoy diciendo ni proponiendo lo que proponen algunos: “acostúmbrese a convivir con el dolor”. El dolor es demasiado fiero para convivir con él. Pero hay métodos y métodos de encararlo.  Muchas veces, muchas… no podremos resolver su causa. Simplemente debemos tratarlo.

La vida no es eterna. Llega un momento, el momento de Oliverio, en que nada alcanza, todo es insuficiente. Es el momento en que nuestra furia intervencionista se debe mirar en el espejo de la sensatez y decir “hasta acá llegamos”. El momento en que, quienes lo entendemos así, solemos quedarnos sin paciente. Se cambiarán de médico porque “el doctor ya no es el de antes”, cuando en realidad, Oliverio ya no es el de antes. Pero es mucho más fácil mentir la esperanza que comunicar la realidad.

Dentro de pocos días, me cruzaré con Oliverio y sus hijas (ya serán dos las que lo acompañarán en sus excursiones salvadoras). Bajarán la mirada y no me saludarán, estarán en manos de un nuevo médico, brioso corcel que iniciará nuevos estudios, propondrá nuevos tratamientos y nuevas esperanzas.


La medicina es mucho, muchísimo más limitada que lo que la gente cree o lo que los médicos pretenden que parezca. La gente y los médicos suelen creer que el ser humano vive cada vez más por la medicina. No es así. La medicina contribuye muy poquito a mover la aguja de la longevidad y la mueve solo para los que tienen acceso a ella. Hace poco, dije esto en una mesa y un profesor de la facultad casi se levanta y se va de la indignación. Todavía debe estar pensando que soy un hereje y un burro. Sin embargo, es así profesor. La aguja de la longevidad se mueve por otras cosas, en el África subsahariana la gente vive treinta y cinco años porque no hay agua, ni alimentos y porque hay guerras. Después llega la educación, después, recién después, los antibióticos y los médicos. 

No reniego de la medicina, creo conocer sus límites y detesto sus exageraciones,  falacias y espejitos de colores.

martes, 10 de marzo de 2015

Prescripción de ejercicio

Carta a mis imperativos colegas no muy dispuestos a escuchar mi punto de vista:

Estimados:

Siguiendo con mi inquietud planteada no solo ayer (en una UDA, Unidad Docente Asistencial o mesa redonda de médicos en la que discutimos casos, o antigua "junta médica"), sino muchas veces y desde hace mucho tiempo con respecto a la "prescripción" sistemática e indiscriminada de actividad física a nuestros pacientes y teniendo clara percepción de que mis comentarios se toman como provenientes de un viejo pelotudo que no está actualizado porque no leyó los últimos artículos que recomiendan la actividad física, hay varias preguntas y consideraciones que me hago, les hago y hago.

En primer lugar, el leer los últimos artículos con nuevas prescripciones masivas a toda la población del planeta, no  garantizan una buena práctica en el futuro ni ganar la viña del Señor en la que seguramente está Esculapio junto a Hipócrates en la puerta esperándonos con una copa de vino tinto (porque alarga la vida, parece) y una barrita de cereal, porque aplaca el apetito y nos hace ir bárbaro de cuerpo.

Como ustedes saben, cuando el reemplazo hormonal con esteroides equino-conjugados era mandatorio, le sacudimos esa marca que prefiero no decir para que no se me venga la industria a sacarme lo poco que tengo, durante quince años a todas las mujeres y cuando venía una mujer no sustituida "no podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo". 

Cuando había que darle aspirina a todos los diabéticos para que se infarten menos y venía un diabético sin aspirina "lisayllanamenteloestabanmatando". Después arrugamos con la aspirina en los diabéticos.

Mucho antes, darle betabloqueantes a una insuficiencia cardíaca era matarlo en la peor de las disneas y luego no darle es una barbaridad (ahora sí que lo es porque esto está clarito, desde Paker pacá). 

Con los antidepresivos hubo y hay una festichola increíble a la que prefiero no entrar, por ser mayor de edad y no darme el cuero para semejante orgía.

La pregabalina sirve para todo, para la neuralgia, para la lumbalgia, para la fibromialgia, para las piernas inquietas, para la depresión y para las arrugas de la piel.

Ahora, vamos a lo nuestro.

Con respecto a la prescripción sistemática de actividad física desde nuestro pedestal de imperativos categóricos (léase consultorio médico) a todo bípedo que camina (pero no lo suficiente):

¿Para qué?

Supongo que la respuesta de todos a la vez y ya queriendo pasar a otro tema menos perogrullesco será:

¡Para vivir más y mejor viejo burro!

Preguntas:

¿Vivir más?

¿Cuánto más?

¿Cuánto tiempo, suponiendo que tengo treinta años, debo pasarme ejercitando según las prescripciones médicas, para no sentirme culpable?

Si obedezco a rajatabla las tablas de la ley: ¿Cuánto más voy a vivir?

¿Ustedes dicen que voy a vivir mejor?

¿Y si detesto hacer actividad física?

Viviré haciendo algo que no me gusta para alargar ¿Cuánto mi vidita?

Y si, por prescripción médica camino rapidito tres horas por semana, es decir 156 horas por año, es decir 4.680 horas en treinta años, es decir, 195 días, pongámosle 6 meses. y dado que ya vivo en Recoleta, que tomo sol, que viajo, que no soy obeso, que no fumo, que no escucho TN, que mi abuela vivió 82 años fumando y gorda, es decir que tengo una expectativa de vida de unos 76 añitos (a groso modo).

¿Tengo que hacer actividad física si no me gusta?

¿Debo pasarme corriendo o caminando rápido seis meses de mi vida para alargarla no sé cuánto? (me gustaría que me digan cuánto está calculado que podría alargarla).

Los años que alargaré mi vida ¿Redundarán en cantidad y calidad de vida o alargaré un año mi vida (corriendo medio) para andar con pañales, para que mis hijas paguen un año más de geriátrico y para tomar el té un domingo entre coetáneos con olor a pis con un televisor encendido en el que no tengo idea qué están dando?

Aparte:

Toda medicación tiene sus efectos deseados (terapéuticos) y también sus efectos adversos:

Ejercitar ¿No tiene efectos adversos?: fracturas, esguinces, mayor posibilidad de artrosis de cadera y de rodillas, por ejemplo. Aparte de, si no me gusta, en lugar de mejorar mi calidad de vida, empeorarla.

Desde ya, no soy un detractor sistemático de la prescripción de ejercicio. Como toda herramienta terapéutica, tiene sus indicaciones, sus contraindicaciones y sus efectos adversos. Es decir, en ciertas circunstancias prescribo actividad física y también hago. Si entiendo que mi paciente se beneficiará con el ejercicio, lo aconsejo.

Yo hago activida física para adelgazar y estar más bronceado (cáncer de piel dirá un estúpido) y para que el lunes una divorciada cuarentona me diga ¡Qué tostadito! ¿Te fuiste de vacaciones?

Pero no creo que sea la panacea.

Pero no creo que mejore sistemáticamente la calidad de vida.

Pero no creo que lo que alarga la vida, en nuestra ya longeva población, justifique su práctica sistemática en quienes no les gusta.

Y me molesta la adopción casi snobista de tiranías discutibles como esta práctica prescriptiva masiva... e irreflexiva.

De manera que a quienes en nuestras recorridas me acusan de viejo choto que no entiende o no lee o no está actualizado, les respondo:

No, tu cabecita programada no está entendiendo lo que quiero decir.

Me hago preguntas que no te hiciste.

Hago cuestinoamientos que no te hiciste.

Miro nuestros imperativos, desde un ángulo más etnográfico, si se quiere.

No vayan a creer que recomiendo fumar.

Fumar es muy malo, dejar de fumar es muy difícil.

El otro día en una etiqueta de cigarrillos vi la foto de una lápida que decía "Q.E.P.D. AL PORTADOR. MUERTO POR FUMADOR"

¡Qué asco! Pensé. No qué asco fumar sino qué asco esta ignominia, pergeñada seguramente por algún tirano que fumó mucho o que vio morir a su padre amputado y que ahora, se puso el cuchillo entre los dientes para que en el mundo no se fume más y se desprecie cada vez más a quienes fuman. Seguramente, este conductismo fascista, está promovido por algún médico, que no duda en agredir, en menospreciar, en denostar, en bajarle la autoestima a quien fuma. En lugar de ayudarlo o de empatizar un poco mejor. La respuesta vendrá seguro con muchas evidencias que me descalificarán y que demuestran que el rigor hace dejar el cigarrillo a más gente y me tildarán de "co-fumador", de apologeta del delito. No lo soy. Pero ver esa etiqueta me hizo despreciar a los tiranos.

Pero de esto hablaré más adelante. 

El otro día, un médico visitó al Papa: ¿Saben qué le aconsejó?

"Camine su Santidad, camine". 

-No tengo tiempo dijo el Papa

-Hágaselo y si no, camine rápido por los pasillos del Vaticano, dijo el galeno imperativo.

Si el Papa (creo que tiene 78) camina rápido:

¿Podrá alargar su expectativa de vida, cuántos minutos?

Si no camina, estará con culpa y cada vez que se confiese empezará con, seguramente, su peor "pecado":

-No estoy caminando un carajo Señor mío.

Cuando camino por el rosedal y a veces troto un poquito y veo dos señoras de clase alta con calzas nuevísimas, coquetas zapatillas justdoit, botella de agua mineral en mano, caminando rápidito y hablando de lo difícil que es la vida en Palermo, me les pego y me apuesto cuánto tiempo pasará sin que digan la palabra dermatólogo, calcio, densitometría, colposcopía, colesterol bueno, semillas de chía...

Promedio de espera: un minuto treinta y cinco segundos.



domingo, 28 de diciembre de 2014

Cortar por lo sano

La tía Isa fue la mujer que me dio los momentos más felices de mi vida. Fue, junto a mi hermana Ana Elena, la mujer depositaria de mi amor no erótico de mi vida, y pido que dejemos la cosa acá y no se me tiren los freudianos, lacanianos y demás psicos a la carótida queriendo convencerme de que todo amor es erótico y que en realidad siempre estuve caliente con mi tía Isa y con mi hermana. No es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de los últimos años de mi tía Isa y de mis últimos días.

La tía Isa se murió un 21 de octubre, hace ya unos años. Tenía 82 años, murió en un geriátrico, de esos “alegres y con luz” que pretendemos ver los de la clase media cuando en realidad de alegres no tienen nada, la luz viene de las pocas lámparas que se encienden y el olor a pis se pelea con el olor a sopa barata con fideos dedalitos o municiones.

El desbarranco empezó años atrás con algunas reiteraciones de palabras, nombres o preguntas y una úlcera en una cicatriz de una mastectomía recontrarradical hecha hace muchos años que “le salvó la vida” (lo más probable es que si no le hubieran encontrado el tumor, no se muriera de ello) pero le dejó las costillas a flor de piel y luego, la úlcera, que daba olor permanente y de la que salía un líquido amarillo.

A las reiteraciones y al olor de la úlcera siguieron algunas caídas, muchísimas levantadas a las tres de la mañana preguntando por sus padres y hablándome como si yo fuera su hermano. Cuando algún domingo en actitud claramente exculpatoria la llevaba a pasear en el auto y la sentaba en el asiento del copiloto, mi copiloto se acercaba en actitud casi cómplice y me preguntaba

– ¿Y Carlos?

-Carlos (soy yo) viene en el auto de atrás, le contestaba.

La tía se quedaba contenta… por dos o tres cuadras hasta repetir la tautología… incansablemente.
Mis probabilidades de vivir 85 años no son bajas, si no intervengo antes, si no le salgo al cruce a esa manía de vivir mucho a costa de lo que sea.

Mis posibilidades de vivir dignamente los últimos diez o cinco años de esa vida son bajas, sin embargo.

Lo más probable es que luego de los setenta y cinco mi pantalón se manche de amarillo en la zona de la bragueta, mis calzoncillos tengan palomita, al pedir el pan en la mesa se me escape algún gas para silencioso horror de los más educados y comentario ramplón y cómico de algún joven desdramatizador desenfadado – ¡Epa abuelo!

A mis hijas, a mis amigos, a mis conocidos les digo que entre los 72 y los 75 años me voy a suicidar, y en seguida aclaro que lo voy a hacer no porque mi vida fue un calvario y me la pasé deprimido con saco de corderoy en enero y caspa en los hombros. La pasé bomba, hice lo que me gusta y me gustó todo lo que hice, tuve amores para hacer películas, tuve hijas, les pagué sus estudios, viajé, me di el lujo de leer Rayuela en París, Ulises en Dublín y Estambul, ciudad y recuerdos en Estambul. Es decir, todas esas cosas que ahora está de moda ostentar en Facebook mostrando fotos en las que uno se ve diez años más joven, haciendo alarde de nietos y comidas exóticas para que nuestros “espectadores” digan “¡Qué lindo Charly, disfrutalo, te lo merecés!” (Habiendo comprendido esa falacia y falsa modestia, me voy a borrar de Facebook o voy a empezar a poner solo las cosas feas que me pasan y las fotos en las que se me ve la papada, las arrugas del cuello, las manchas de las manos y las palomitas del calzoncillo. Me cansó la ostentación barata de Facebook).

Pero, aclaro. Si sigo tentando a la suerte con esa obcecación de vivir, aumentaré mis probabilidades de que me pase todo eso.

Recientemente, mi amiga Karin, conocedora de mi “filosofía” si me permiten el atrevimiento, me acercó un artículo de Ezequiel Emanuel, Director del Departamento de Bioética Clínica de los Institutos de Salud de Estados Unidos y Director del Departamento de Ética Médica y Políticas de Salud de la Universidad de Pensilvania. El artículo se titula “Por qué quiero morir a los 75 años”.

Porque dice lo que decís vos Carlitos (Karin me llama cariñosamente Carlitos). Gracias Gorda (yo la llamo cariñosamente Gorda).

Los argumentos de Emanuel son incuestionables. Dice que está sano y que no se trata de un enfermo terminal que está pidiendo más años de vida sino de un americano sano que no quiere vivir más de 75 años.

“Tampoco estoy hablando de despertarme una mañana, dentro de 18 años, y terminar mi vida a través de la eutanasia o el suicidio…” “En realidad, estoy hablando de cuánto tiempo quiero vivir y del tipo y cantidad de atención de salud que voy a consentir después de que cumpla 75 años” aclara Emanuel.

Ahí empieza mi desacuerdo amigo Emanuel. ¡Ah qué vivo!

Acá no se trata de lo que queramos.

Si uno le pregunta a un auditorio de mil personas sanas de cincuenta años a qué edad y cómo se quieren morir, ¿Sabe lo que nos contestarán unos novecientos noventa?: A los 85 años durmiendo. ¡Ah qué vivos!

Querido Emanuel: si yo supiera que me voy a morir durmiendo a los ochenta y cinco años, luego de un día de travesía en mi velero en Maine o Cariló y al lado de mi última mujer treinta años menor que yo que toma yogures descremados, hace yoga y pinta (bastante mal pero pinta). Si yo supiera que me voy a morir una semana después de que mis nietos me hicieran la fiesta de los ochenta y cinco, llena de Power Points que empiezan mostrándome cuando era chiquito y terminan hace un par de semanas con la “abue” como le llaman a mi última mujer, treinta años menor que yo y que detesta que la invadan y ofendan con el témino “abue” pero se las mata callando para que no le caigan mis hijas encima diciéndole intolerante. Otro gallo cantaría y no estaría escribiendo esto.

No mi querido Emanuel, no estando seguro de que ello ocurrirá, y, es más, estando casi seguro de que ello no ocurrirá, me las tengo que jugar, amigo. Me las tengo que jugar regalando lo que se llama “años potenciales de vida”. “Donándolos”, es decir, evitándome las manchitas en la bragueta, la palomita en el calzoncillo y los peditos en la comida navideña y evitándole a las mías las manchitas en la bragueta, la palomita en el calzoncillo,  los peditos navideños, la búsqueda de geriátricos alegres y llenos de luz, como los agnósticos que a la hora de casarse lo hacen por iglesia “pero con un cura piola”.

Probablemente, cuando se acerque la fecha quiera “negociar” conmigo mismo diciéndome “Bueh, tiro un añito más”. Ojalá que no.

“Así pues, tu tormento resulta absurdo, y eso significa que no existe el camino para salir de él. Existe uno, sí. Un único camino al que tienes pleno derecho, a no ser que hayas cometido la estupidez de convertirte al cristianismo: tienes derecho a suicidarte. En Japón, es sabido que el suicidio constituye un acto de gran honor.” (Amélie Nothomb, Estupor y temblores).

Más tarde, en su artículo, Emanuel resigna respiración artificial, diálisis y otros medios de “soporte artificial” de la vida. Es decir, métodos a los que se apela cuando uno ya está bien enfermo, en el horno, por decirlo en términos más prosaicos.

Es decir, Emanuel, sus argumentos son muy buenos, están muy bien escritos pero no dejan de ser una expresión de deseos y a la hora de la verdad, usted arruga. Usted “dona” a la humanidad unos veinte o treinta días y le ahorra gastos en respiradores, diálisis, antibióticos y sueros. Yo “dono” unos diez añitos y le ahorro 120 pagos de jubilaciones al Estado, le doy a mis hijas lo poco que tengo para que en lugar de tener que venderlo para pagarme el geriátrico se lo fumen en Europa o en el Caribe o conociendo las nuevas siete maravillas del mundo (no da para todas las opciones, elijan chicas) con la intención de que hagan lo mismo ellas para con los suyos. Yo le ahorro a la humanidad mis manchitas de bragueta, mis palomitas y mis peditos navideños.

La diferencia entre Emanuel y yo es que Emanuel apunta a resignar sus últimos días mientras que yo apunto a resignar mis últimos años. Emanuel apunta a cortar por lo recientemente enfermo, yo a cortar por lo sano, bien sano si es posible. Emanuel toma sus decisiones, a partir del derrame cerebral; ahí ordena solo cuidados paliativos y le quita el cuerpo a la tecnología.

Pero el calvario que yo quiero esquivar no empieza con el derrame cerebral, ni con la metástasis, ni con el cáncer incurable. El calvario al que yo me refiero no empieza de un día para el otro. Empieza despacito, sin que nadie se dé cuenta al principio y varios años antes de que pasemos al otro mundo. 

Años suficientes como para gastarnos lo que tenemos y lo que no tenemos incluidos la paciencia, y el amor de nuestros parientes.

¿Por qué (me pregunto) la gente se ata tanto a la vida haciendo gimnasia, tomando dos litros de agua por día (que no sirven para nada, excepto para los fabricantes de agua mineral), comiendo fibras y yogures para “ir de cuerpo natural”, cuando ya el promedio de vida roza los ochenta (el promedio digo eh) y la jubilación inventada a los 65 es insostenible y varios de esos años son bastante poco decorosos?

Imagino mis últimas horas con un suerito en una vena del pie (me resultará más fácil colocarme la venopuntura) con fenobarbital, potasio y pancuronio, la canción The end del grupo The Doors y un porrito o una barra de chocolate ecuatoriano.

Referencias




sábado, 4 de octubre de 2014

Chau Campéon, te lloramos

Hace unos días Esteban jugó su último partido de fútbol con amigos. Sin despedirse, partió. Se murió caminando; tenía 41 años, mujer, dos hijos chiquitos, padres, hermana y, me di cuenta, un montón de amigos, de gente que lo quería, de conocidos gruñones que me sorprendió ver con los ojos llenos de lágrimas y sin ganas de hablar cuando, precisamente, no hay nada que hablar.

Me vinculé poco en la vida con Esteban; creo que nunca tuvimos una charla de más de quince minutos. Una vez, me vino a preguntar si podía atender a José, su padre a quien luego vi algunas veces.
Cuando Esteban venía al Servicio, subía, se paraba en la puerta de mi oficina, nos saludábamos y eso era todo.

El otro día, cuando fui a abrazar a José, sentí que estaba dando un abrazo con ganas y con mucho afecto. José me dijo que quería seguir recibiendo mis blogs que hasta ahora le enviaba su hijo y de alguna forma me sentí más próximo a Esteban. Luego vi quebrada a mucha gente que no es de andar quebrándose fácil, como dije. Yo también, también me quebré cuando nos abrazamos con José y me quiebro ahora que escribo esto.

Y el sentimiento que tengo es que me perdí de ser amigo de un tipo sensacional y que si se pudiera volver el tiempo atrás iría corriendo a buscarlo para ser su amigo, para no perderme un tipo así.

Cuando pasan las horas, cuando retomamos la cotidianeidad, cuando en los pasillos del hospital nos encontramos, aún con la resaca de la muerte en los ojos, cuando nos paramos y nos quedamos callados unos segundos, hablar de la humedad es ridículo, hablar de Esteban no cuaja y sin embargo aún hay que hablar de él. No cuaja porque ponerle palabras, las que sean es minimizar, es meterse en lugares comunes, es pelear contra molinos de viento.
Sin embargo, no sé por qué, nos damos licencia, desde el dolor genuino, para reflexiones en caliente, reactivas, honestas, tontas.

Florencia, ojos llenos de lágrimas me habló de poner desfibriladores. Si sigo con la lógica de Florencia, lógica franca y que respeto, tendríamos que poner desfibriladores en los colegios, en los supermercados en los baños, en los ascensores, en los bares, en los estadios, en los subtes, en los hoteles alojamiento (como si los otros hoteles no alojaran), en los cines, en los baños de nuestras casas y en los quioscos.

El mundo estaría lleno de desfibriladores.

¿Salvaríamos más vidas? Sí, seguramente.

¿Salvaríamos todas las vidas? Imposible.

¿Estaríamos discutiendo esto con Esteban? Lo dudo.

El mundo estaría lleno de desfibriladores, los fabricantes de desfibriladores forrados para siempre, habría logística, distribución y distribuidoras, verificación periódica, funcionarios que “le tiran” el negocito a un amigo en comidas en countries donde los langostinos y el champán andan sueltos y hasta se ponen pesados,  con vuelta de dinero bumerang pero en vez de por lo alto, por debajo de la mesa, en negro.

Una industria obscena, de esas a las que el capitalismo y la corrupción nos acostumbran todos los días y nos hacen creer que hay que hacer estas cosas, que estas cosas salvan vidas. Que Florence Nightingale era un poroto al lado de lo que ellos hacen.

Los desfibriladores, seguramente, salvarían algunas vidas. Algunas, la mayoría no.

Salvarían vidas a un precio obsceno, el precio de todo ese circo.

En medicina, en esta ola preventiva que llena las radios y que promueve la vida eterna, uno de los parámetros, bastante lógico, bastante objetivo (si no está tirado de los pelos) se llama NNT.
NNT, es el número necesario de tratamientos que debemos realizar para evitar un evento. A cuánta gente le tenemos que dar drogas para bajar el colesterol para evitar que uno tenga un infarto o un accidente cerebro-vascular, por ejemplo.
Este NNT, es la imagen negativa de lo que yo llamaría el NIT, que sería el número innecesario de tratamientos que realizaríamos para evitar un infarto o salvar una vida. Si tengo que tratar a 100 para salvar una vida, tengo que tratar a 99 a los que no estoy salvando sino tratando innecesariamente.

En el caso de los desfibriladores, los vendedores de los mismos, vendiendo gato por liebre, les van a decir que el uso masivo de desfibriladores bajaría la cantidad de muertos a la mitad. Uno lee la mitad y dice… ¡Epa! Hay que hacerlo.

Pero si se mueren 2 por 100.000, la mitad de 2 por 100.000 es 1 por cien mil…No sé si me entienden.
El número necesario de desfibriladores para salvar una vida, que caiga justo ahí, cerca de un desfibrilador, no lo conozco pero lo imagino tan obsceno como imagino tan obsceno el número innecesario de desfibriladores que lo único que harían es estar colgados y siendo visitados por los verificadores una vez cada seis meses poniéndole la tarjetita “verificado” y para que el funcionario reciba su cometa, el empresario facture su sobreprecio y siga, siga el baile al compás del tamboril y no falten langostinos y champán en el country mientras los esclavos hacen cola en la puerta para que los de seguridad los dejen entrar a limpiar las casas por dos mangos en negro.

Con toda esa plata de desfibriladores innecesarios podríamos comprar otros desfibriladores mucho más efectivos, menos caros, con menos service: comida, ropa, libros de texto, alguna golosina y hasta alguna entrada al cine para los chiquitos del África subsahariana o de la 1-11-14 (asentamiento en el medio de la Ciudad de Buenos Aires).

Cuando decimos que la mortalidad infantil es de cinco por mil en Recoleta y de 10 por mil en Barracas y de 50 por mil en el África subsahariana ahí, hay que salir corriendo a desfibrilar, a Barracas y al África.. Con proteínas, con ropa, con libros y vacunas. Dicho sea de paso, no con las vacunas sofisticadas que vende el señor de los anillos (de oro) que llena de vacunatorios el mundo para que los chicos de Recoleta se vacunen hasta contra el robo del celular.

Florencia: está bien que llores, pero la cosa no pasa por los desfibriladores. Hay maneras más efectivas para salvar muchas más vidas y por más desfibriladores que hayan en el planeta, cada tanto, se nos va a ir un Esteban, como el nuestro.

Esteban: me permito escribir esto, así, tan sobre las lágrimas de los que te lloramos, porque estoy seguro de que se lo mandarías a tu viejo y te digo que si me llego a enterar de que hay otra vida después de esta, esperame en la puerta que ni bien llegue nos vamos a tomar el primer café. Chau Campeón, cuidate.



domingo, 3 de agosto de 2014

Diálogos entre estornudo y estornudo

A propósito de mi escrito sobre los resfríos, un email con preguntas muy pertinentes de una paciente:

"hola Carlos, 
como hago con todos tus correos, leí éste detenidamente. 
Entonces, cuál es tu recomendación cuando no nos sentimos bien, tenemos más ganas de quedarnos en la cama que de salir a trabajar, pero...como no hay fiebre...me da no sé qué! 
Tampoco nos gusta tomar lo que la farmacia tiene a la vista,  ya no al alcance de la mano, y nos receta cualquiera de sus vendedores. 
Una posibilidad es ir a una guardia de esas medicinas prepagas que no te gustan, pero claro, tenemos que esperar en esta época de 2 a 3 horitas, incluido el Hospital Italiano, que siendo de mi prepaga tengo la suerte de solamente esperar 1 hora 30 minutos. Entonces qué hacemos? seguimos el consejo de la farmacia, te llamamos a vos, si el cuerpito aguanta vamos a la guardia, o nos quedamos en camita y llamamos médico a domicilio?(en mi trabajo solamente es válido para justificar la inasistencia, el certificado del médico a domicilio, que es quien prescribe días de reposo/inasistencia, y llegado el caso, medica, claro está).
Gracias Carlos,

Te mando un beso"

De acuerdo. Estos son los problemas reales y combatibles:

  1. Los síntomas
  2. El trabajo y la justificación
Para los síntomas es cierto que el vendedor de los mostradores de farmacia no es lo ideal. No les va a dar nada que los mate, pero probablemente les dará algo que no tiene efecto excepto en el bolsillo.

En mi caso, mis pacientes, me pueden llamar. Todos tienen mi teléfono y pueden hacerlo. Me dejan un mensaje de texto y yo los llamo.

El tratamiento es el de los síntomas:
  1. Dolor y fiebre: ibuprofeno y paracetamol
  2. Tomar bastante líquido siempre
  3. Congestión nasal molesta: por unos días gotas descongestivas nasales. Solo por unos días.
  4. La miel tiene un efecto de foto "sepia". No debe servir para nada pero te da una onda romántica y de abuela que atreverse a criticarla es como atreverse a hablar mal del Papa.
  5. Tos: codeína o dextrometorfano (son exclusivamente de venta bajo receta), los expectorantes no sirven para nada, los "vahos" con vapor son una ridiculez impráctica e ineficiente.
  6. Las nebulizaciones no tienen sentido salvo que seas asmático o tengas alguna enfermedad respiratoria en cuyo caso deben ser con medicación, prescripción y control médico.
  7. ¿Trabajar? Estoy de acuerdo en que independientemente de no tener fiebre uno puede sentirse mal y no estar con ganas ni en condiciones de ir a trabajar. Me llamás, te puedo ver, y te dejo una constancia con indicación de no trabajar. Es perfectamente justificada, en los primeros días.
  8. La gran mayoría, se pueden manejar por teléfono, algunos requerirán ser vistos, por el médico o éste les dirá que vayan a una demanda espontánea o guardia en cuyo caso, hay que tragarse el sapo de la espera. 
  9. Esto es para pacientes sanos. En los demás casos: ancianos, pacientes con cualquier enfermedad crónica o bebés, hay que llamar o ir al médico y no experimentar ni perder tiempo.
Ayer, a la tarde vi a dos pacientes míos, ambos habían tenido este cuadro viral que da vueltas con mucha tos; ambos habían hecho dos o tres consultas, a ambos se les habían hecho radiografías de tórax y a ambos se les había dado antibióticos. Muchas veces los médicos actuamos por presión y no hay nada mejor para descomprimir y hacer nuestros actos más creíbles que radiografías, antibióticos o kinesiología: en más del 90 por ciento inneceasarios pero "hay que ver cómo se ocupó el médico". 

Gracias, les mando un beso.

Dr. Carlos García
Servicio de Medicina Familiar y Comunitaria
Hospital Italiano de Buenos Aires
Departamento de Grado
Instituto Universitario Hospital Italiano de Buenos Aires
T.E. 4959-0381 / 4959 0200 int. 9264